LA AUTORIDAD DE NUESTRO MINISTERIO.

Predicación de sub zona Misión Cristiana Elim de El Salvador.
Filial Santa Ana.
Por Guillermo Morataya.
Lectura bíblica: Mateo 28:16-20

16 Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado.
17 Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban.
18 Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.
19 Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;
20 enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

Reflexión: El mensaje que proclamamos, es el mensaje que nos ordenó el Señor.

Los evangelios son llamados “sinópticos”, porque a pesar que todos tienen como fin presentarnos a nuestro Señor Jesucristo, cada uno lo hace desde una distinta perspectiva, de tal manera que uno se complementa con otro, para así en conjunto, darnos una idea más clara de la persona de nuestro Señor.

Marcos por ejemplo, presenta a nuestro Señor, desde la perspectiva de que Él es ese Dios Todopoderoso. Por esta razón, a pesar de ser el evangelio más corto, es el que más milagros narra, pues él lo que quiere resaltar, es el poder glorioso de nuestro Señor.

Lucas por otro lado, por haber sido por mucho tiempo compañero de Pablo; quien fué el apóstol a la gentilidad, su evangelio tiene un matiz gentil.

En este evangelio, se nos presenta a Cristo como ese Salvador lleno de gracia, identificándose con aquellos que eran los más marginados de su época, sin importar su condición social ni su miseria espiritual. Por esta razón, en este evangelio se destacan los pasajes que hablan de "Zaqueo", "el buen samaritano", "el hijo pródigo", "el publicano y el fariseo"; pasajes que nos dejan claro que esa gracia de Dios no estaba dirigida solamente a un grupo de personas; sino como el Señor mismo lo expresó: “El Hijo Del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”.

Juan por su lado, nos presenta a Cristo como El Verbo encarnado, revelando la perfecta voluntad del Padre a todo aquel que quiera recibirla.

Este es sin duda, el evangelio más profundo, a Juan no le interesa narrar la vida de Jesús; sino más bien, meditar en aquellas verdades que reflejan la divinidad y el carácter salvador de nuestro Señor Jesús.

Mateo que es el escritor del libro, en cuyo pasaje hoy meditamos; el dirige su evangelio a una audiencia judía, y se esfuerza por presentar a Cristo como El Mesías prometido, como el Esperado por los siglos del pueblo de Israel, como Aquel que fue prometido desde el principio, como Aquel en el cual todas las promesas de Dios tienen su cumplimiento, como Aquel del cual profetizaron todos los profetas de todos los tiempos, como Aquel en el cual se cristalizaron todos los ritos y ceremonias judías.

1. La gran comisión.

Por eso, cuando él relata el mandato del Señor para hacer su obra, lo hace desde la perspectiva que no son palabras de un hombre común y corriente; sino las palabras de Aquel que es El Rey de Reyes y Señor de Señores: Nuestro Señor Jesús. Y nuestro Señor exclama: “Toda potestad me ha sido dada”.

Potestad es sinónimo de autoridad y poder; esta autoridad del Señor, es para justificar, para dar vida eterna, para reconciliar al hombre con su Creador, para hacernos hijos de Dios, para quebrar todo yugo y atadura, para sanar, para hollar toda hueste del maligno. Y por esa autoridad ganada en la cruz del calvario, Él exclama: “Por tanto vayan y hagan discípulos”.
Por esa razón, cuando nosotros vamos y cumplimos este mandato, debemos hacerlo en esa fe, en esa confianza, en esa seguridad. No vamos en nuestras fuerzas, no vamos a proclamar un pensamiento de hombre, ni una filosofía hueca; sino más bien, vamos a compartir ese mensaje santo, nacido en el corazón mismo del Dios de los cielos.

Yo le aseguro, que si nos movemos en ese Espíritu, la autoridad de Aquel que exclamó este mandato, respaldará nuestra labor, y esa palabra que hablemos no volverá vacía.

2. El discipular.

El Señor sabía que era necesario, no sólo proclamar el mensaje de salvación, sino también el discipular.

El discípulo, no es solo uno que fue iniciado en la fe, sino uno que también fue instruído en la manera de cómo se debe caminar en el camino de la fe; sin la instrucción, el trabajo de proclamación es en vano; esto hace que la labor a la cual hemos sido llamados no sea fácil, y exige el involucrarse, y comprometerse responsablemente a la labor a la cual todos los cristianos hemos sido llamados.

3. La incapacidad humana Vrs la promesa divina.

Los apóstoles sintieron sin duda, el peso de tal mandato, y quizás se dijeron: “¿Nosotros hombres pocos letrados, llenos de temores e imperfecciones, ir a las naciones?”

Pero la respuesta divina no se dejó esperar: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días de vuestra vida”.

Y es que, cuando el pueblo del Señor se dispone con sinceridad a servirle, Él no nos deja solos, su Espíritu va delante de nosotros, capacitándonos, dando vida a las palabras de nuestra boca por sencillas que sean, convenciendo al perdido de pecado, de justicia y de juicio.

Conclusión.

Dios ha prometido: “El que cuida de los intereses de su Señor tendrá honra”.

Yo te pregunto hoy: ¿Cuántos años han pasado desde que te convertiste al Señor?, ¿de qué manera le estas sirviendo?, ¿qué haz hecho con todo lo que tu Dios te ha dado?

El Señor te dice hoy: “Ve y haz discípulos” y te promete: “Yo estaré contigo”.

Por tanto, te animo hoy a empezar o a reanudar tu servicio al Señor, háblales a otros del amor del Señor, invítalos a la congregación, ora por ellos, involúcrate en las actividades de tu iglesia, ora por tus ministros.

Dios te bendiga.

Guillermo A. Morataya.
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