LA SEGURIDAD DE LOS QUE TEMEN A DIOS.

Predicación de sub zona Misión Cristiana Elim de El Salvador.
Filial Santa Ana.

Lectura bíblica: Salmo 128:

"1 Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová,
Que anda en sus caminos.
2 Cuando comieres el trabajo de tus manos,
Bienaventurado serás, y te irá bien.
3 Tu mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa;
Tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa.
4 He aquí que así será bendecido el hombre
Que teme a Jehová.
5 Bendígate Jehová desde Sion,
Y veas el bien de Jerusalén todos los días de tu vida,
6 Y veas a los hijos de tus hijos.
Paz sea sobre Israel."

Reflexión: El temer a Dios es seguridad para sus hijos.

Vivimos en un mundo lleno de muchos temores e inseguridad; la violencia, el desempleo, la perdida de valores y el alto costo de la vida; entre otros, son algunos de los factores que hacen que este mundo sea cada vez más inseguro.

Los jóvenes son muchas veces arrastrados por este fenómeno de la inseguridad y muchas veces no existe una motivación para estudiar, no hay anhelos, se pierde el deseo y la visión del por qué superarse.

Sin embargo, aunque el mundo se convulsione y la vida se vuelva cada día más difícil, existen convicciones que hacen de los que tememos a Dios podamos estar seguros. Y es que nuestro Dios ha dado promesas y Él dice en su Palabra: “Los que confian en Él no serán avergonzados”; y Él ha dicho que estará con nosotros todos los días de nuestra vida. Por esa razón David expresa en sus salmos esa confianza en el Dios de su salvación, y escribió salmos donde exclama: “Por tanto no temeré aunque la tierra tiemble y se trasladen los montes al corazón de la mar”.

Pero es necesario entender una verdad: “Las promesas del Señor, son en Él “; en otras palabras, para que las promesas del Señor sean una realidad en nuestra vida, debemos permanecer en Él.

Por esa razón, es necesario que los jóvenes se abracen al Señor desde temprano, para que el Señor sea su ayuda, su sustento, quien le saque a victoria en todo sentido en todas las áreas de la vida.

1. El temer a Jehová.

Este salmo nos da la clave para ser bendecidos por el Señor para salir adelante en la vida.

El salmista empieza diciendo “bienaventurado”; dicho en otras palabras: muy feliz, dichoso, siete veces feliz (traducen algunos). Y yo creo que todo ser humano anhela ser feliz, tener seguridad, tener paz y gozo en su vida.

Pero el salmista expresa para quién es esa bienaventuranza: “todo aquel que teme a Jehová”.

Temer a Jehová, quizá la primera impresión que se nos venga a la mente sea: miedo, o un temor enfermizo y nos imaginemos a un Dios implacable que quiere que todas sus criaturas actúen como Él quiere, y que si fallan, Él las fulminará; pero nada más apartado de la verdad que eso. El temor a Dios del que nos habla la Biblia, es un profundo amor y respeto hacia Dios.

Dicho en otras palabras, el salmista dice: “Muy dichoso todo aquel que ama a Jehová”.

Pero ¿cómo empezar a temer a Dios?; bueno, podemos empezar reconociendo lo que Él es y lo que Él hace en nuestra vida; que nos ha amado tanto, que quiere que estemos con Él para siempre, y por eso envió a su hijo Jesús para pagar en una cruz por nuestros pecados. Esto nos llevará a un sentimiento profundo de gratitud hacia Él, y a un deseo sincero de agradarle y hacer su voluntad.

El amar a Dios no se trata solamente de expresarle palabras bonitas, pues Él no se conforma con un amor superficial. El salmista sabía perfectamente eso, por esa razón el expresa: “el que anda en sus caminos”.

Entonces amar o temer a Dios es: Andar en sus caminos, dicho de otra manera, después de reconocerle y recibir su regalo de gracia en Cristo Jesús, esforzarnos cada día en vivir de acuerdo a su voluntad expresada en ese libro maravilloso llamado: Biblia.

Su servidor llegó al Señor siendo un niño, y puedo decirle con convicción: No hay nada más grandioso para la vida del hombre que andar en los caminos del Señor. En mi adolescencia fueron muchas las ofertas y tentaciones para apartarme del Señor; algunas personas me decían: “No seas bobo”, “disfruta de la vida”, “después te vas a arrepentir”; pero han pasado ya más de veinte y cinco años, y yo le puedo asegurar que: “He disfrutado de la vida en Cristo” y hasta ahora no me arrepiento, y si me tocara vivir y escoger qué vida vivir, me decidiera otra vez por Cristo, y es más, me esforzaría por honrarle, conocerle y servirle aún más.

2. La prosperidad que Dios da.

Entre las promesas que Dios ofrece para los que temen su nombre, es que Él va a bendecir el fruto de nuestras manos: “Cuando comieres el trabajo de tus manos; bienaventurado serás, y te ira bien.”

Esto implica que para recibir esa bendición hay que hacer algo, Dios no es un Dios de holgazanes; y a menos que Él te halla dicho otra cosa, tu tienes que esforzarte y aprovechar todas las oportunidades que tienes para salir adelante; no esperar que las condiciones sean optimas para empezar a esforzarte; ¡no¡; desde donde estás, con lo que tienes, empieza a luchar: estudia, trabaja, esfuérzate, pon lo mejor de tí , y yo estoy seguro que esta promesa será fiel en tu vida.

Recuerdo mi primer trabajo, movido por la necesidad económica de mi familia, a los once años de edad, me vi obligado a ir a vender periódicos a la calle. Empecé vendiendo alrededor de veinte y cinco periódicos cada día; ganaba un colón con cincuenta centavos diarios (más o menos unos diecisiete centavos de dólar); pero lo hacía con alegría, agradecido con mi Dios por la oportunidad que me daba; siempre empezaba a vender después de orar al Señor y al terminar, siempre terminaba orando agradeciendo al Señor por esa bendición, diezmaba, y ofrendaba con gratitud.

En poco tiempo ya vendía más de cien periódicos hasta las nueve de la mañana, ganaba alrededor de siete colones diarios (unos noventa centavos de dólar); luego me iba a aprender el oficio de la zapatería; y por la noche me iba a estudiar.

Pude ver la promesa de Dios cumpliéndose en mi vida; cuando tenía doce años me contrataron en la empresa donde hasta hoy laboro; lo maravilloso de todo esto es que yo no pedí el trabajo, sino, me lo ofrecieron ¡siendo un niño!; y yo creo firmemente que fue mi Dios abriéndome esa puerta para bendición de mi vida.

Han pasado veinticinco años y aún conservo ese mismo empleo, no ha sido fácil, pero una cosa es segura: “No he estado solo”; y hoy aún siempre empiezo a laborar después de una oración y siempre finalizo con una oración, siempre diezmo y ofrendo.

Por eso te repito: "Dios promete que lo que hagas prosperará, pero por favor: haz algo”;

esfuérzate, ¡no te rindas! y verás esta promesa en tu vida, pues, Dios no es un Dios de holgazanes; y si te haz estado esforzando y aún no haz visto esta promesa en tu vida, tan solo espera un poco y verás la mano de Dios en tí.

3. Nuestra familia será bendecida.

El Señor promete bendición también para nuestra familia: “Tu mujer será como vid, que lleva fruto a los lados de tu casa”.

La vid (mata de uvas) es sinónimo de prosperidad, longevidad y fortaleza; de ella se obtiene: vino y pasas. Pero además de eso, la vid es un vegetal muy fuerte y longevo; soporta el duro invierno oriental; y es muy común encontrar matas de más de cien años que aún producen fruto.

En otras palabras Dios promete que nuestra pareja será fuente de bienestar para nuestra casa, será longeva y saludable. Pero además hay promesa para nuestros hijos: “tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa”.

El olivo es un árbol fuerte, frondoso y bello; de el se obtiene el aceite de oliva, que es un aceite muy valioso. En otras palabras Dios promete que nuestros hijos serán productivos, fuertes y hermosos.

Curiosamente los olivos productivos no se dan naturalmente; sino, necesitan ser injertados y cultivados adecuadamente desde sus inicios; de lo contrario lo que crece no es un buen olivo, sino un olivo silvestre que en algunos lugares es llamado: “acebuche”, cuyas hojas y frutos son más pequeños.

Nuestro Señor promete que nuestros hijos serán buenos olivos, no acebuches, pero para que esa promesa sea una realidad, debemos cultivarlo adecuadamente: injertarlos con la bendita palabra de Dios, regarlos con oración cada día, abonarlos con el buen ejemplo, fumigarlos con nuestro tiempo, podarlos con nuestra confianza y consejos.

Otra curiosidad de los olivos, es que aunque se injerten y se cultiven adecuadamente, si se descuidan, se convierten en acebuches, esto quiere decir que el cuido debe ser constante. También nuestros hijos deben ser cuidados constantemente.

A veces cuando uno ve a grandes hombres de Dios, uno espera que sus hijos sigan su ejemplo, pero muchas veces sus hijos no son olivos, sino “acebuches”. ¿Qué falló?, ¿la Palabra?, no, nosotros descuidamos nuestra responsabilidad.

Conclusión:

Las promesas del Señor son para todos nosotros; pero no como algo mágico, sino como preciosos incentivos para aquellos que se esfuercen en la gracia y amen al Señor.

Dios te bendiga.
Guillermo A. Morataya.

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